Las montañas son las antenas de la Tierra, reúnen en sí, en sus profundidades, las fuerzas telúricas y reciben por sus puntas las fuerzas del Sol y de los astros. Hijas del fuego, las montañas lo guardan en sus rocas: basta golpearlas con un metal para que salgan las chispas.

El Popocatepetl y la Iztaccíhuatl:

 No puede ser casual que los dos volcanes expresen las ideas más elevadas de una humanidad. Desde un punto de vista el popocatépetl es el cerro piramidal. Desde otro punto es el cerro jorobado.

Desde un punto de vista el Iztaccíhuatl es la mujer preñada. Desde otro punto es la mujer dormida. El primer volcán es el hombre, lo masculino, no la expresión física, sino la imagen del fuego, rodeado por el aire que lo alimenta.

La punta de la pirámide atrae el rayo, en el corazón de la pirámide nada se corrompe, todo se momifica: toma una semejanza mágica con la piedra. El otro volcan es la mujer preñada en la que late el futuro. Es lo femenino, el agua vivificando la Tierra. Lleva en sí el germen del hombre nuevo: es el símbolo de la fecundidad. Pero es tambien la virgen, la mujer dormida, la diosa de la muerte.

Sin la muerte que permite la repetición infinita de los ciclos fecundos, la vida del planeta y el planeta mismo caerían en el frío del espacio cósmico.