Sería pretencioso querer traer un remedio a las grandes luchas que aniquilan los campos de ideologías diversas, pero quizás es útil intentar clarificaciones al problema de la búsqueda de la Verdad. A pesar de no ser posible catalogar una masa de más o menos dos mil millones de personas, podríamos dividir a los humanos en tres categorías: materialistas, idealistas y espiritualistas.

 Los primeros, entre los cuales se cuentan sobre todo los hombres de ciencia y que son ante todo, los seres que rechazan las abstracciones, que admiten si es necesario un principio Superior, a condición de que sea elaborado con otros datos que los de la metafísica.

 

Los idealistas comprenden sobre todo a los artistas y aún a aquellos que tienen tendencia a suprimir las cualidades de razonamiento en beneficio de la imaginación.

 Los espiritualistas, por último, se elevan más arriba del mecanismo automático y son ante todo aquellos que han encontrado la certidumbre de la superioridad del espíritu sobre la materia

 Es preciso, pues, espiritualizar la materia, comprendido en el sentido de “espiritualizar” las cosas y los hechos a la manera de los antiguos, es decir, “destilar”, extraer la quintaesencia, depurar, extraer lo mejor de la substancia y, por extensión, arrancar al dominio de la psicología la capa supersticiosa, despejar los sentimientos y, en una palabra, interpretar con espíritu auténtico lo que debe siempre reinar en la búsqueda de lo verdadero.

 El ser humano está compuesto, según la aceptación de diversas doctrinas (aparte de las cuestiones de terminología), de tres cuerpos (dominios o planos), a saber:

 Un cuerpo físico (somaticón) o envoltura material, un cuerpo astral (psiquicón) o “doble” que es la materia plástica llamada a menudo “alma” y, en fin, de un cuerpo espiritual (pneumaticón) o esencia divina. Sólo el Espíritu es eterno. Los otros dos cuerpos son perecederos y no sirven sino de vehículos a la chispa superior que debe recorrer su ciclo, antes de regresar al origen.

 La Tradición Iniciática ha escondido siempre su Verdad bajo una enseñanza esotérica, ya que el hecho no es nuevo: la gran masa humana no parece querer progresar verdaderamente y se complace en el fango de la estupidez… Indicare in vulgus nefas. Todos los grandes Maestros han dicho que ha sido perjudicial ofrecer la Luz a los vulgares, lo cual el Cristo Jesús ha resumido por: “no echéis perlas a los puercos”.

 Aquellos que quieren instruirse verdaderamente en las cosas divinas encuentran la ruta: “Quoerite et Invenietis”; que es un llamado al trabajo. “Buscad y encontraréis” es la regla esotérica que es como un aliento al estudio y no a la supresión de la experiencia iniciática en beneficio de la pereza. El grado iniciático se adquiere no solamente por el Conocimiento debido al equipaje intelectual, sino por el verdadero Saber, acompañado de una aplicación práctica de las virtudes adquiridas. No se trata aquí del “grado” que se puede obtener durante el curso de la iniciación especulativa en algunas sociedades secretas u órdenes llamadas místicas o grupos de ocultismo.

 El verdadero grado de Iniciado es un estado al cual el individuo ha llegado, es su auténtico nivel de evolución, es un plano físico-psíquico en el cual el organismo es modificado tanto como lo mental, es el estado suprahumano en cierto sentido y el individuo puede entonces actuar sobre un mundo extraterrestre. La Iniciación verdadera cuenta así siete grados que se manifiestan a medida que se realiza el desarrollo completo de las siete glándulas endocrinas, que otorgan cada vez nuevas facultades hasta el despertar total de los siete sentidos del individuo.

Los Grandes Mensajes

“El Sabio va en busca de la Luz y los locos se la dan”…