La vida del hombre se encuentra inmersa en múltiples ciclos, el día con su noche, el ciclo solar anual, los ciclos planetarios, etc..

Desde la visión sagrada, alcanzada por todas las culturas planetarias en algún momento, la historia se compone de una sucesión de ciclos particulares, compuestos a su vez de cuatro etapas cada uno. Cada una de estas cuatro etapas, tiene una duración de alrededor de 400 años, e influye de manera definitiva sobre la conciencia humana, determinando el quehacer del hombre, y por tanto, la historia de la humanidad.

Durante la primera etapa del ciclo, denominada sagrada o de oro, el espíritu divino se derrama sobre los hombres al igual que el agua que en forma de lluvia cae sobre la tierra, permitiendo a lo terrestre experimentar lo celestial. El hombre coexiste con lo divino, con lo superior, que como las nubes sobre el horizonte llenan la visión del hombre.
Después de la lluvia, el agua ya en tierra va moviéndose por causes naturales buscando su sitio final de reposo, descendiendo desde las montañas a los valles, desde lo alto hacia lo bajo, desde lo superior pero ahora terrestre a lo inferior. De manera similar, durante la segunda etapa conocida como heroica o de plata, el hombre ya no cuenta con la experiencia directa de lo divino, pero continua creando su realidad circundante motivado por los ideales del elevado conocimiento alcanzado durante la etapa anterior que aun se mantienen vivos. Se va despejando el cielo y las nubes van desapareciendo, la realidad celestial se va disolviendo poco a poco. Sin embargo la reciente experiencia de lo divino en la tierra aun vibra en la realidad del hombre en forma de fe. Al igual que en los campos, la humedad de la tierra da testimonio de la lluvia reciente.
Una vez que el agua ha descendido a los valles, regado los campos, nutrido ríos y lagos, revitalizado los cultivos humanos que florecen y fructifican, la vitalidad terrestre se manifiesta en la diversidad, ya muy pocas nubes pueden verse, análogamente durante la tercera etapa, humana o de cobre, va predominando en el hacer del hombre la perspectiva terrestre, se da un aparente renacimiento donde poco a poco va dominando en la conciencia humana la realidad terrestre tangible sobre la celestial sutil, la razón sobre la fe, el quehacer humano sobre el hacer divino, el impulso ahora continúa con la perspectiva de lo terrestre, prevalece el ideal aun pero mundano, diverso pero inferior. El hombre es ahora la medida de todas las cosas.
Por último con el paso del tiempo, el agua de los valles, ríos y lagos se va filtrando a los mantos, al subsuelo, continuando su camino por ríos interiores, ocultos, que eventualmente se unen en los océanos, la tierra se va secando, pierde vitalidad y frescura, se va agrietando. De igual forma, durante la última etapa conocida como de rebaño o de hierro, lentamente el hombre se va degenerando, predominan la falta de ideales y valores, el absurdo materialismo, que de continuar así, al igual que ocurre con prolongadas sequías, llevaría a la muerte a todos los seres vivos. Sin embargo la misma sequedad de la tierra, el predominio de la muerte sobre la vida, lo vació de la existencia, el sin sentido del hombre, la carencia de valores e ideales, crea la polaridad que hace surgir nuevamente el anhelo por lo celeste, guardado en la memoria de la tierra antes anegada por la lluvia, así como en el alma de los hombres alguna vez plenos de riqueza espiritual. Y ambos tierra y hombre, poco a poco cada vez más y más, claman a lo superior para que derrame sobre ellos su esencia, se recupere lo sagrado de la existencia, se de la reconexión con lo divino. Y entonces, nuevamente, desde los océanos terrestres y cósmicos da inicio un nuevo ciclo.

Sin embargo tanto la lluvia como la derrama espiritual que tienen temporadas, tienen también intensidades, como hay tiempos de llovizna, también los hay de huracanes.
Hace unos trece mil años, dio inicio un nuevo gran ciclo planetario que contiene a su vez a otros múltiples ciclos menores, entre ellos los descritos anteriormente.
Este gran ciclo en que está inmersa la humanidad actual, dio inicio al final de la más reciente gran inundación planetaria, después de ella, poco a poco, se fue dando el reagrupamiento de los hombres de Dios, de los sobrevivientes, de los “Noes” planetarios narrados por todas las tradiciones.
Primero en pequeños grupos, guiados por hombres y mujeres elevados, conocidos con nombres diversos “chamanes”, tlamatinimes, druidas, etc., sacerdotes y sacerdotisas todos, que al igual que montañas, lagos y ríos de escala humana, manteniendo siempre el contacto con lo sagrado y custodiando en si la sabiduría que reciben de Dios, la derraman siendo fuentes donde pueden abrevar los hombres sedientos de la verdad superior, de Dios. Sirviendo como guías, como faros durante las tempestades emocionales de la comunidad.
Transcurrió el tiempo y poco a poco la humanidad, revitalizada siempre por las celestiales esencias continuó multiplicándose, extendiéndose sobre el planeta, influido siempre por la sucesión de las cuatro etapas del ciclo histórico en cada uno de los 7 chakras de este organismo viviente que nos nutre y cobija, nuestra madre tierra. Fundando ciudades e imperios, conquistando e interconectando, enriqueciéndose culturalmente, y ampliando también la visión de la sagrado, de Dios, que han desarrollado de forma diversa los diferentes pueblos, nutridos todos de la fuente única.
Mas hace unos dos mil años, ya había suficientes hijos de Dios extendidos sobre la faz de la tierra y aglutinados en vastas culturas lo que traería como consecuencia natural que durante este nuevo ciclo la humanidad como conjunto llegaría una vez más como en tantas otras ocasiones, aunque por vez primera dentro de el actual gran ciclo, a la condición de rebaño planetario.

En preparación a este último ciclo, la divina verdad única se derramó sobre múltiples grandes maestros, montañas humanas que actuarían como enormes fuentes donde abrevaría la humanidad, diversas en apariencia pero idénticas en esencia, cuya misión sería servir como guías de los grupos de cada una de las grandes regiones de la tierra, de cada uno de los siete chakras, en preparación a los tiempos finales: Quetzalcoatl, Jesús, Buda, Mahoma, Moisés, Lao Tse, Confusio, Zoroastro, etc., cristos todos.

En este final del gran ciclo, es de nosotros, de nuestras acciones personales, de quien dependerá si la reconexión con el mundo de lo sagrado se dará o bien por medio de destructoras tormentas, tsunamis, huracanes, etc., que nos inundarán aterrándonos y ahogándonos, o de visiones sagradas, experiencias celestiales que sacaran al hombre del materialismo y saciaran su sed de divina verdad.
El hombre recibirá, lo que le corresponda, pues cada uno de nosotros crea su propia realidad.

 … un diálogo entre maestro y discípulo, me permitieron muy pronto percatarme de la existencia de una fascinante y complejísima visión de la Historia, no contenida en ninguno de los libros comúnmente conocidos…


… las tesis que conformaban la citada concepción de la Historia podían parecer ultramodernas, en realidad se trataba de una antiquísima concepción del devenir histórico, cuyas ideas centrales habían sido conservadas y transmitidas a lo largo de milenios …

uno de los conceptos centrales de la visión histórica a que me refiero, consistente en considerar que el progreso de la humanidad tiene por objeto lograr una ampliación de la conciencia humana, y que este progreso se realiza conforme a un ritmo de tres tiempos que puede ser captado por cualquiera que se tome la molestia de estudiar Historia con la debida atención”

 

La Mujer Dormida debe dar a Luz, Ayoucan