Todo está planeado tan exquisitamente que en cualquier momento dado todos recibimos de los demás actores de nuestra vida las enseñanzas que necesitamos.

Los maestros espirituales enseñaban que todo es uno; que el progreso tuyo es el progreso mío, que tu aflicción es mi aflicción. También decían que todo estaba relacionado, a determinado nivel.

El concepto no es fácil de entender, pero explica por qué, cuando nosotros cambiamos, todo cambia a nuestro alrededor. Todos somos uno, la miseria del mundo es un reflejo de la miseria individual de todos, una vida vivida para el ego….

Partiendo de la premisa de que el universo es un ser espiritual vivo, con consciencia, se podría decir que el mundo, desde este punto de vista, es un espejo de sus miembros, deviene en cada uno de nosotros como un mensaje.

Lo que llamamos realidad está afuera, pero también está dentro de cada uno y, en este sentido, la relación hacia uno mismo, es y será reflejada por el mundo.

Las guerras, las miserias, el dolor, las desigualdades, como la solidaridad, la compasión y el amor están tan afuera de nosotros como lo están adentro. Hay una guerra en el mundo y a la vez en cada individuo entre el ego y el ser –que es el del universo-, entre crear y destruir, entre la consciencia y la inconsciencia, entre generosidad y codicia… como ocurre en el mundo…. vence tu guerra, siempre y exclusivamente con consciencia, y el mundo cambiará, no hay más…

El mundo no es mi hogar, no es mi guerra, es una guerra por agregación, es un espejo de nuestro ego y nuestra ignorancia e inconsciencia, la de todos, indignados incluidos. Las enfermedades  del  mundo se acabarán cuando nos centremos en nosotros mismos y curemos las nuestras, reconociendo las enfermedades macro en nosotros mismos, en versión micro.

Ese es nuestro ámbito de lucha real: vivir con los principios  y valores correctos nuestras vidas, sin que el espejo del mundo haga otra cosa que enseñarnos lecciones.