Pero, el hecho más asombroso es el emerger de lo espiritual fuera de lo material, es la característica esencial de la sustancia con la cual somos hechos.

El óvulo, aún cuando contiene en potencia un genio, no es muy diferente de los seres unicelulares, los cuales, durante el período arqueozoico del precámbrico, representaban el humilde principio de los vivientes sobre el haz de la tierra.

Una vez fecundado, el óvulo se divide y engendra al embrión, y éste llega a ser feto; después, nace el niño, y durante ese período el ser humano en potencia recorre de nuevo todas las transformaciones de la especie.

Por decirlo así: en algunos meses vive de nuevo millones de años. La ley de Fritz Müller (p. 385, XLIX, y 377) nos instruirá rápidamente acerca de esos asuntos de la Ontogénesis (transformaciones sufridas por el individuo desde la fecundación del huevo hasta su forma actual) y de la Paleontogénesis (ciencia de las transformaciones de la especie).

El paralelismo se entiende por la duración, en proporción de cada uno de los desarrollos, es decir, el embrión vive otra vez a un ritmo rapidísimo todas las etapas que recorrieron sus antepasados. No se puede evitar esa vertiginosa prisa, puesto que el embrión sólo dispone de la duración de su propia gestación para vivir otra vez, desde el protozoario inicial, todas las etapas vividas por su raza: no sólo de la raza humana, sino también de todas las razas y de todas las especies que evolucionaron hasta el hombre.

Globalmente, el embrión vive otra vez más dos millones de años en nueve meses. Esa imperiosa obligación acarrea un fenómeno de aceleración siempre más tenso (la taquigénesis) y el embrión parece saltar las etapas que fueron breves en la evolución de la raza.

Todo se verifica como si alguien descifrase un antiguo manuscrito, y como si leyese su trabajo cada día de nuevo; al principio de la lectura leerá muy rápidamente conociendo ya las líneas escritas, después leerá de nuevo más lentamente y por fin estudiará muy lentamente los últimos pasajes.

En ese proceso pues, al momento de la fecundación, el embrión es solamente un protozoario. Pero rápidamente será sucesivamente pez, anfibio, vertebrado aéreo, antropoide, hombre en el sentido colectivo, y, por fin, individuo.