Las palabras de la Serpiente Emplumada

Las ideas éticas de los anahuacas quedaron recogidas en un libro tradicional
llamado Huehuetlahtolli, “antiguas palabras”. Partes de ese canon se
conservan en el Libro VI del Códice Florentino y el Libro del padre Viseo.
Selección y traducción: Frank Díaz.

I

Estas son las palabras con que instruyó Quetzalcoatl a los toltecas. Les dijo: He aquí lo que nos dieron a guardar, la Antigua Palabra, donde se dice que una vida pura es como una turquesa preciosa, un jade redondo, un dulce canto sin mancha y sin sombra, salido del corazón. Sería una burla si yo ocultase uno solo de estos consejos, pues ellos son para vivir sobre la tierra y con ellos nos haremos atentos a todas las cosas.

Es un saber que como espina y viento helado pasará sobre ti, que te arrojará a la tierra y te abatirá, para que vuelvas a ti. ¿Serás tú el que atienda, el que escuche, el que consiga endiosar su corazón, el que reciba y guarde adentro, para que te vaya bien, para que alcances la misericordia y vivas sobre la tierra?

II

Dios es Uno. Serpiente Emplumada es su nombre. Nada exige. Sólo serpientes y mariposas (cuerpo y alma) le ofreceréis.

Nuestros padres y abuelos nos exhortaron diciendo que él nos creó, él, cuyas criaturas somos: Nuestro Señor Serpiente Emplumada. También creó los cielos, el Sol y la divina tierra. Así fue, en verdad: por su merecimiento y su sacrificio, él nos inventó y nos hizo seres humanos. De ese modo llegó a ser el Doble Precioso, Señor y Señora de la dualidad; así transmitió su aliento y su palabra.

Trece son los cielos, múltiples los planos. Allí vive el Dios verdadero, la esencia del Cielo. De allí recibimos la vida nosotros, los Merecidos, de allá cae nuestro destino cuando se escurre a la tierra un niñito. Porque él lo dijo, porque lo ordenó para sí, por eso existimos. No lo olvides ni de día ni de noche; invócale en suspiro, en aflicción.

III

En este mundo caminamos por lugares escarpados, un abismo de un lado y un abismo del otro. Si te mueves para acá o para allá, ¿cómo evitarás caer? Sólo en el medio es posible avanzar.

No te vistas de bordados ni te pongas harapos. No seas presumido, pero tampoco corriente. Que tu palabra no se acorte ni se alargue. No alces tu voz ni la bajes demasiado. No camines deprisa, tampoco muy lento. Y no tomes nada como regla absoluta. Evita los extremos, mantente en el medio, pues sólo en el medio existe la función social, la condición honorable.

IV

En la infancia, cuando aun está libre la persona, es cuando tiene compasión de ella Nuestro Señor y le da sus dones. Y es en la infancia, en la edad de la pureza, cuando se merece una buena muerte.

Por eso dicen los viejos que los niñitos, los chicos y las chicas, son los amigos de Señor de la Cercana Compañía, viven a su lado, junto a él se alegran y Él es su amigo. Por eso los sabios espirituales, los Merecidos, los ayunadores, tienen mucha confianza en los niños, pues, en verdad, son de corazón bueno, sin mezcla, limpios, atentos, perfectos. Se dice que por ellos permanece la tierra y ellos son nuestra paz.

V

El tolteca es sabio, es una lumbre, una antorcha, una gruesa antorcha que no ahuma. Hace sabios los rostros ajenos, les hace tomar un corazón. No pasa por encima de las cosas: se detiene, reflexiona, observa.

Un tolteca todo lo saca de su corazón; es abundante, múltiple, inquieto, hábil, capaz; a sí mismo se adiestra, dialogando en su interior, encontrando respuestas. Obra con deleite, hace las cosas con calma, con tiento, como un artista; compone lo defectuoso y hace convenir lo disperso; ajusta las cosas.

En cambio, el falso tolteca obra al azar, es una burla a la gente; opaca las cosas, les pasa por encima y las hace sin cuidado; en lugar de crear, imita; defrauda a los demás y es un ladrón.

De este modo os convertiréis en tolteca: si adquirís hábito y costumbre de consultarlo todo con vuestro propio corazón. Sed toltecas: hombres de experiencia propia.

VI

El maestro es luz, tea, espejo. Suyas son la tinta negra y la roja, suyos los códices. Él mismo es escritura y sabiduría, camino y guía veraz; conduce a las personas y a las cosas, y es una autoridad en los asuntos humanos.

Un maestro nunca deja de amonestar; hace sabios los rostros ajenos, nos hace tomar un rostro y desarrollarlo, abre nuestros oídos, nos ilumina. Es guía de guías y ofrece un camino. De él, uno depende.

Él pone un espejo ante nosotros para que seamos cuerdos y atentos, nos obliga a cobrar identidad. Se concentra en sus obras, regula su camino, dispone y ordena, aplica su luz sobre el mundo. Conoce lo que hay en lo alto y en la región de los muertos. Gracias a él todos somos corregidos, enseñados. Por él, el niño humaniza su querer y recibe una estricta educación. Conforta el corazón de quienes le rodean, dando ayuda, remedio y curación.

El falso maestro, en cambio, es como  un médico que ignora su oficio o un hombre sin cordura. Dice que sabe acerca de Dios, que tiene la tradición y la guarda, pero es sólo vanidad. Es jactancioso, inflado; es un torrente, un peñascal. Amante de la oscuridad y los rincones, es un ‘sabio’ misterioso, un ‘chamán’ con secretos, un ‘ensoñador’ que roba a su público, pues le despoja de algo. Es un hechicero, pues tuerce los rostros y los extravía, haciendo que los demás pierdan su identidad. Es falso, pues encubre las cosas, tornándolas más difíciles de lo que son y destruyéndolas. Hace perecer a quienes le siguen a fuerza de misterios, acaba con todo.

VII

Conoce ahora al médico. El médico verdadero es sabio, da vida, prueba las hierbas, piedras, árboles y raíces, ensaya sus remedios, examina, experimenta. El médico tolteca alivia las enfermedades, da masajes, concierta los huesos, purga a la gente, hace que se sientan bien, les da brebajes, los sangra, corta, cose, hace reaccionar, cubre con ceniza.

En cambio, el médico falso se burla de su prójimo, y en su burla, mata a la gente con medicinas, provoca indigestión y empeora las enfermedades. Es un hechicero, pues se esconde en sus secretos; posee semillas y hierbas maléficas. Es un brujo que, en lugar de experimentar, echa suertes; mata con sus remedios, empeora, ensemilla, enyerba.

VIII

Y he aquí al padre verdadero: es raíz y principio de linaje de hombres. Bueno es su corazón, recibe las cosas, es compasivo y se preocupa. De él es la precisión, el apoyo, con sus manos protege. Cría y educa a los niños, les amonesta y enseña a vivir, les pone delante un gran espejo, una gruesa antorcha que no ahuma.

Y el hombre maduro: un corazón firme como piedra, un rostro sabio, es dueño de su rostro y de su corazón. Hábil y comprensivo, buen componedor de textos, es un tolteca de la tinta negra y roja, un entendido. Dios está en su corazón y diviniza con su corazón las cosas. Dialoga con su propio corazón.

Y el verdadero artista: un conocedor de colores, los aplica. Sabe de matices y armonías; dibuja pies, caras, les da sombra y relieve, logra efectos. Como tolteca, pinta los colores de todas las flores.

IX

Acércate al que es modelo y ejemplo, pauta y señal, libro y pintura; a la persona honorable y de buena fama, a la condición social, la luz, la antorcha, el espejo.

Observa a mis sacerdotes, los Merecidos, los de vida pura, trasparentes, buenos, rectos, dedicados, limpios de corazón, sin mezcla, polvo ni impureza. Ellos llegan hasta la presencia de Señor de la Cercana Compañía, le ofrecen incienso, le oran, le ruegan por el pueblo.

Acércate quienes, por todas partes, van haciendo lo excelente, dando brillo, dejando lo bueno, imponiendo un orden con prudencia, alegría y serenidad; a quienes son cofre y caja, sombra y abrigo, gruesa ceiba, sabino generoso que da brotes y se yergue poderoso, firme. Ve con quienes no se ocultaron en el sueño, con quienes no desgarraron su labios (con calumnias); con quienes llevan en paz, sobre sus brazos y espaldas, a al (pequeñín) que va jugando, se divierte con tierra y duerme en la redecilla.

En cambio, huye de estos sitios: el festín, el río y el camino. No te detengas allí, porque allí está, allí habita el gran devorador, (que es) la mujer ajena, el esposo ajeno, la prosperidad, la falda, la camisa ajena.

X

Amaos los unos a los otros, ayudaos entre vosotros en la necesidad con la manta, la joya, el salario y el alimento. Pues no es verdad, no es cierto si despreciáis a quienes os rodean. Da limosna al hambriento, aunque tengas que quitarte tu comida. Viste al que va en harapos aunque tú mismo quedes desnudo. Socorre al que te necesita, aún a costa de tu vida. Mira que es una vuestra carne y una vuestra humanidad.

Recuerda al anciano, la anciana, el indigente, el desdichado, al que no se alegra, al que no es feliz, al que tiene pegado el intestino (de hambre), al que no encuentra su casa y vive en confusión, al que derrama sus lágrimas y muerde sus uñas (de desesperación). A quienes llevan las manos atadas a la espalda, a quienes en la cárcel de la miseria van penando, a quienes por los desiertos y los montes se fatigan tras el chile y la sal, las verduras y el agua, a quienes son engañados en las plazas y tienen los labios resecos.

Pon junto a ti a quienes son las manos y los pies del pueblo; no con indiferencia los saludes ni con negligencia soportéis recíprocamente vuestras cargas. Pues tú eres guerrero águila, ocelote, eres el sostén y el remedio.

XI

En cualquier sitio puedes tropezarte con ellos: un anciano, una anciana, un enfermo, un niño. Por lo tanto, no tienes excusa. En cualquier sitio puedes encontrar a quien trabaja, a quien se expresa, a quien está creando algo. No estorbes entonces, ni causes problemas por tu ignorancia.

En cualquier sitio, inadvertidamente, puedes romper una cabeza, violentar a otro, arrojar orina sobre su rostro, hacer que pierda la palabra con que habla, ignorar un buen consejo. ¡Despierta, ponte atento! No sea que el sueño te lleve y los hombres te apoden ‘Señor ronquidos, bola soñolienta’.

XII

Bueno es que te mantengas por ti mismo. Crea, trabaja, recoge leña, labra la tierra, siembra nopales; con eso beberás y vestirás. Pues honra, enaltece el trabajo duro. Pero, ¡cuídate de las obras mundanas! Porque mucho crece, rápido engorda lo que enferma, lo que atormenta, lo que fatiga, lo que causa espanto.

Correcto es si junto a ti es dicha la buena palabra, la que no causa daño. Si la transmites, no le excedas ni le quites: sólo lo justo dirás. Pero, huye de las palabras vanas, distraídas, porque sólo pervierten, no son serenamente rectas; precipitan al hueco a quien las pronuncia, nos llevan a la trampa y al lazo, a la piedra y el palo.

XIII

Con llanto y preocupación hay que recibir la herencia y la fortuna. Pero, cálido es el hogar del pobre, y están tranquilos su esposa y sus hijos.

¿Naciste noble? Teme por ello; podría embriagarte o hacerte presuntuoso. He aquí lo que nos hace nobles: tomar la antorcha y el jabón, el chile y la cal, el azadón y la semilla. Esto, en verdad, es linaje y merecimiento. Se moderado y austero, verifica que los demás coman primero. Entonces toma agua y lava sus manos y sus bocas. Que no por ser noble perderás tu nobleza, ni caerán los jades, las turquesas, de tus manos llenas.

Se dice que hay heredero al trono. He aquí como mostrara su condición: si baja su cabeza y se inclina con humildad; si mira al pobre con especial consideración; si le infunden respeto su mísero ceñidor, su manto raído; si al encontrar en el camino una anciana, un anciano, le dice: “Padre mío, mi abuela: que la paz te encamine, que no tropiece tu pie”.

La cortesía, la modestia, la humildad, el llanto, el esfuerzo, eso te hará noble, amado, enaltecido. Escucha, ningún soberbio, jactancioso o desvergonzado llegó jamás al reino.

XIV

Conoce los símbolos, las palabras. Canta bien, habla bien, conversa bien, responde bien, ora bien. La palabra no es algo que se compre. Conoce la condición honorable, lo que es bueno: no cometas adulterio, no te embriagues, no te sometas al juego ni al azar; no menciones tu linaje ni tu condición viril; no seas indiscreto ni cobarde; no procures los primeros lugares.

Que tu corazón no sea tu madre. Que la ceniza esparcida y  la encrucijada no te den órdenes. Que tu deseo no devore tu pie. Que una falda no te mueva ardientemente, pues envilece, desgasta, ensucia.

No obres sin reflexión ni te entregues sin tomar medidas. No comiences tu trabajo sin analizar, y sin considerarlo serenamente no te impongas. No aceptes lo que no mereces ni reclames lo que no es tuyo y no abuses de lo que no has creado. No te envanezcas de tus propias fuerzas. Que tu entendimiento no sea tu apoyo ni de tu convicción te jactes. No construyas tu casa sobre tus propias opiniones, pues eres tan sólo un pajarillo, una cuenta de jade, apenas una pluma.

En cofre ajeno no te metas; en el plato de otro no te reclines. No te invites por ti mismo al convite. Que tu suerte no dependa del azar. Es peligroso, una trampa.

Si alguno te sobrepasa, vaya delante. En la entrada no seas el primero. Cuando llegue el momento de hablar, que comiencen los demás. Y si el Supremo no te señala, no tomes la delantera. Si te dan aquello de lo que tienes necesidad en último lugar, no te enojes luego. Y si no te dan nada, agradece por ello. Así lo quiso el cielo: es merecimiento.

No te hagas de rogar ni busques que te ofrezcan. Y no dos veces seas advertido, pues corazón tienes dentro de ti (para entender).

No busques en exceso una buena apariencia, pues él te acepta así, discretamente. En cualquier sitio, en cualquier momento, tus adornos y tus joyas podrán arrojarte al torrente.

A la hora de sembrar, no sólo vayas y siembres: prepárate bien, selecciona bien, planta bien, para que bien eches raíces. Cultiva bien tu sementera, tus campos, tus nopales. Constrúyete allí una casa buena, firme, con ayuda de todos, y déjala en herencia a aquellos a quienes educas. Que vean en ti al que enseña y se preocupa, pues el que instruye a otros fundamenta el modo de no dar vueltas en vano.

XV

Pide con entera humildad, suplica con justicia: he ahí concentrado todo el ritual. Pues satisface, compensa el labio que se manifiesta en súplica.  ¿Es que ya lo sabes todo sobre la tierra? ¿No estás acaso tanteando con los pies? ¿Te conduces a ti mismo? ¿No eres aún llevado, cargado? Mañana o pasado mañana, ¿quizás llegaremos a saber aquello que sólo Él y únicamente Él conoce?

Recuerda que te está viendo Nuestro Señor, el que conoce el interior de la piedra y el palo (cuerpo y alma), el que escudriña el corazón del hombre. ¡Nadie conoce su poder, nadie sabe su peso! ¡No es cierto que vivamos sobre la tierra!

XVI

Hay un hombre que vive en embriaguez y en sus manos se babea. Ha manchado su cuello, se apresta a difamar, se apropia de las cosas y da alaridos, pues la hierba y el vino le han atado. Ese ya no sale por su salida ni vive su propia vida, ya no corre su carrera, no tiene rostro ni orejas, ya no canta, no dice, no se expresa, a la hora del grito ya no puede gritar, no tiene camino ni conoce el orden, pues no presta atención a la palabra buena, aquella que eleva, que expresa.

Sólo y sin reflexión vive, moviéndose siempre, cayendo de repente, desgarrado, revolcándose en su inmundicia, no se levanta en paz ni se acuesta en alegría, como conejo se inquieta, como venado huye. En ceguedad vive y no sale de ahí, no quiere crecer, solo anhela escabullirse, rechaza con el pie, nada comprende ni retiene, no es civil, se arroja contra sí mismo, se abandona a las dudas, da golpes, gruñe, muerde. Ese violó la voluntad de Nuestro Señor. Por eso ya no extiende su brazo cuando debe extenderlo ni va al sitio a donde debe ir, no entra a donde debe entrar ni morirá cuando deba morir.

XVII

Cuanto puedas produce, ambiciona las flores de Aquel que te dio la vida, Aquel por Quien vivimos. Puedes vivir a Su lado en este día que en préstamo has venido a pedirle. Regresa junto a Él, ten consciencia de tu dueño, pues se duele, se enfada cuando le olvidas y, puesto que sois uno, devuelve a tu corazón su pena y su olvido.

Busca y reconoce qué es lo que Él quiere de ti sobre la tierra. Como cuando buscamos a tientas, como cuando pintamos un libro, ve así: con calma pero sin detenerte. Identifica en qué consisten el infortunio y la desdicha, la inhumanidad y la pérdida, y así no vivas. Sólo en tu propia paz, en tu prudencia, ve adelante sin vacilación ni duda, para que no entristezcas mi corazón. Con toda tu atención, serenamente, así vive.

Y no te aflijas por la miseria humana, no te enfermes de pena ni tus entrañas adelgacen, no desfallezca tu corazón ante lo retorcido, ante lo que no es recto. ¿Es que sólo tibieza, bondad, ha de ser nuestra suerte?

Sé un guerrero, arrójate al Ser del Cielo, Aquel que nos da vida. Con toda tu fuerza, con todo tu aliento, átate a lo alto, ve junto a él, arrójate a él. Y ocurrirá que él mismo llegará a ser raíz de tu existencia.

XVIII

¿Has recibido Su aliento, Su palabra? Guárdalo en tu corazón como un secreto. Que no te aturda, ni embriague ni te cause orgullo. Ya comprenderéis cómo a nada, a nadie olvida Nuestro Señor.

Entra en la bienaventuranza de Dios. Baja tu cabeza, flexiona tus rodillas, adopta una postura atenta, acostumbra tus piernas. Resbala, deslízate hacia Nuestro Señor. Y si algo te atormenta, si algo interfiere tu fluir, disípalo en su dicha y afirma tu vida. Entra en la presencia del Dueño de la Cercana Compañía, el Humano, el que es Noche y Viento (invisible e impalpable); ofrécele enteramente tu corazón y tu cuerpo. Concéntrate en Él donde estás, acércalo a tu rostro, a tu corazón.

Mas aún: disfruta la riqueza de Aquel que te atormenta, Aquel que te hace puro. Su agua de intenso azul, su fuente de jades, su vaso de turquesa ha depositado en ti para lavar tu alma y tu vida, y merecerte. No murmures nada en tu interior, nada digas ni pienses en forma reactiva del yerbazal (de tu mente), pues dentro del alma y el cuerpo ve y escucha Nuestro Señor. Si en verdad controlas tus distracciones, él dispondrá algún remedio para tu necesidad.

Concéntrate enteramente en Él. El nombre y la gloria de Aquel que todo lo puede es lo único que causa gozo. Él reparte su gloria allá, en lo alto, para todos. Y cuando una persona buena lo recibe, Él se vuelve cual un ave excelente, de su cola, de sus alas brotan padres y madres, brotan aquellos que nos guían en cualquier rincón del Universo en que existamos.

XIX

Hijo mío, esto que te doy a comer es alimento puro. Lo que es para comer sobre esta tierra, acércalo a tu rostro. No te hagas semejante a piedra, pues ya sabes que si una piedra es dura, no sólo una vez se le golpea hasta que se quiebra.

Observa al venado cuando lo persiguen: va asustando, ignora a dónde va: al hueco, a la muerte. Y tú, ¿acaso eres venado para que no sepas a dónde vas? Pues te ha sido mostrado el camino, por tu propia voluntad  te traicionarías si lo pierdes.

Mira: como árbol florido que ya no retoña ni echa brotes – pues sólo reverdece si resiste la helada, que de otro modo se marchita y seca -, así tú, si no retoñas y echas ramas a la hora del verdor y del renuevo, por tu propia voluntad te habrás arrojado a la boca de las fieras.

Ahora que Nuestro Señor te ha mostrado su bondad, ahora que dentro de ti se agita, no lo desprecies. No juegues con un poco en tu interior para devolvérselo luego, hastiado, pensando: ¿en verdad he sido sanado? Ahora que te has acercado a la riqueza que de su presencia viene, ¿lo ofenderás de nuevo? ¿Volverás a ensuciar tu ser, tu alma?

Con todo, aún cayendo muchas veces, si de nuevo recuerdas a tu Dios y te limpias sinceramente frente a él, arrojando tu mancha en su presencia, una vez más él tendrá piedad de ti y te mirarán sus ojos. Ve, disfruta de tu tesoro, que viene del seno de Nuestro Señor.

XX

He aquí mi disposición final, aquello que te identificará como mi seguidor, lo que debes seguir y compartir, pues es alimento escogido. Sólo tres consejos deseo encomendarte: el primero, que busques con anhelo hacerte amigo de Aquel que está en todas parte, en todos cuerpos, pues es Noche y Viento y Dueño del Cerca y el Junto. Y, en tal empeño, mira que no te hagas orgulloso, desesperado o cobarde, sino humilde de corazón, poniendo toda tu esperanza en Nuestro Señor y atreviéndote a mantener sus prescripciones.

Lo segundo que debes recordar: ten paz con todas los seres humanos, respeta a todos y a nadie agravies. Por nada del mundo avergüences a otra persona. Cálmate, que digan de ti lo que quieran. Calla aunque te combatan y no respondas. Así demostrarás tu condición viril y tu nobleza, y todos sabrán que eres digno representante mío.

Y  lo tercero que te pido es que no pierdas el tiempo que te ha dado el Ser Supremo sobre este mundo. Ocúpate en lo que es bueno de día y de noche, no desprecies el tiempo. Porque no sabes si volverás a vivir o si reconocerás tu rostro allá, donde de algún modo se existe. Aprovecha esta vida.

Basta con esto, que era mi misión. Haz en lo adelante lo que bien te parezca. Toda persona que se atenga a su propio bien, allegará la excelencia y conquistará la vida.