Gurdjieff: “Mi querida abuela difunta aún vivía; tenía poco más de cien años. En la hora de su muerte-¡qué el Reino de los Cielos le pertenezca!- mi madre me condujo hacia su lecho, que como entonces era la costumbre, y mientras yo besaba su mano derecha, mi querida abuela puso su mano izquierda moribunda sobre mi cabeza, y me dijo con una voz baja pero clara:

-¡Tú, el mayor de mis nietos!,¡Escucha… y acuérdate siempre de mi última voluntad: en la vida, jamás hagas nada como los demás!

Después fijó su mirada en el puente de mi nariz y, notando que me había quedado perplejo ante sus palabras, añadió un poco enfadada, con tono autoritario:

-O no hagas nada en absoluto-ve solamente a la escuela-o bien haz algo que nadie hace.

Dicho esto, con un evidente impulso de desprecio a los que la rodeaban y de digna conciencia de si, entregó sin vacilar, su alma en las manos de Su Fidelidad el Arcángel Gabriel”

Gurdjieff, “Relatos de Belcebú a su nieto”