Donde quiera que estén las huellas del maestro, allí, los oídos del que está pronto para recibir sus enseñanzas se abren de par en par.

Y además: Cuando el oído es capaz de oír, entonces vienen los labios que han de llenarlos  con Sabiduría.

Pero su actitud habitual ha estado siempre estrictamente de acuerdo con otro aforismo que dice que los labios de la Sabiduría permanecen cerrados excepto para el oído capaz de comprender.

Así los Maestros se reservan la “carne para los hombres”, mientras que los demás “dan leche a los niños”, conservan sus perlas de Sabiduría para los pocos elegidos capaces de apreciar su valor y de llevarlas en sus coronas, en vez de echárselas a los cerdos que la mancillarían y la pisotearían en el cieno de sus chiqueros.

 EL KYBALION