Siempre han existido en cada generación y en los diversos países de la tierra algunos iniciados que conservaron viva la sagrada llama de las enseñanzas herméticas, y que siempre han deseado emplear sus lámparas para encender las lámparas meores de los del mundo profano, cuando la luz de la verdad languidecía y se anublaba por su negligencia o cuando su pabilo se ensuciaba con materias extrañas. Han existido siempre los pocos que cuidaron el altar de la verdad, sobre el cual conservaron siempre ardiendo la lámpara perpetua de la Sabiduria. Esos hombres dedicaron su vida a esa labor de amor que el poeta describiera en estas lineas:

¡Ohh no dejes extinguirse la llama! Sustentada por generación tras generación en su oscura caverna  – en sus templos sagrados sustentada. Nutrida por puros sacerdotes de amor – ¡No dejes extinguirse la llama!

😉