El maestro Won Hyo fue un monje iluminado que en el periodo de los tres reinos (37 a.C.-668 d.C.) divulgó el budismo en Corea, antes de que pasara a manos de Japón.

Según cuenta la tradición, después de su iluminación decidió dedicarse a ayudar a las personas más despreciadas y rechazadas por la sociedad: borrachos, asesinos, ladrones, enfermos, putas y mendigos. A todos les enseñaba meditación, guiándolos al despertar y la felicidad. Uno de sus fundamentos era la completa y armónica aceptación de uno mismo. Lin-chi (en japonés, Rinzai), fundador de la escuela Rinzai, decía que el ser humano es «el hombre sin rango». Para él, los prestigios, grados y clases no tenían ninguna validez. Recomendaba: «Sean comunes, sin darse aires de importancia».

Así que el despertar no tiene que ver ni con razas ni clases ni con el sexo ni con una tribu, hermandad, doctrina o secta, ni con que creas en Buda o en Cristo o en Mahoma, en el Tao o en la Biblia, que tengas un Porsche o que te hayas leído la biblioteca de Alejandría entera. Todos pueden desvelar su innata iluminación: en prisión o en casa, en una montaña, en una panadería o sentado. Sólo hay que decidirlo y dedicarse a ello hasta lograrlo: basta con ser humano, pues es un estado latente en todos nosotros.