UN MANIFIESTO PARA  UNA NUEVA CONSIDERACION HACERCA DE LAS DROGAS

  

Un fantasma planea sobre la cultura planetaria: el fantasma de las drogas. La definición de la dignidad humana forjada por el renacimiento y elaborada en los valores democráticos de las modernas civilizaciones occidentales parece estar a punto de desaparecer. Los principales medios de comunicación nos informan, de un modo estridente, de que la capacidad humana para el comportamiento obsesivo y la adicción ha celebrado unas bodas satánicas con la farmacología moderna, el marketing y los transportes de alta velocidad. Formas químicas antes poco conocidas compiten hoy en día libremente en un amplio mercado global sin regulación. Gobiernos y naciones enteras del “Tercer Mundo” están atrapados en la esclavitud de productos legales e ilegales que promueven comportamientos obsesivos.

La situación no es nueva, pero está empeorando. Hasta hace muy poco los cárteles internacionales de narcóticos eran sumisa creación de gobiernos y agencias de inteligencia a la búsqueda de fuentes de dinero “negro” con el que financiar su propio estilo de comportamiento obsesivo institucionalizado. Hoy en día, estos carteles de la droga han evolucionado, gracias al ascenso sin precedentes de la demanda de cocaína, hasta llegar a ser delincuentes incontrolados ante cuyo poder incluso sus creadores empiezan a sentirse preocupados.

Estamos rodeados por el triste espectáculo de las “guerras de la droga”, libradas por instituciones gubernamentales que normalmente están paralizadas para la letargia y la inoperancia, o están en clara complicidad con los carteles internacionales de la droga, a los que públicamente se comprometen a destruir.

No podrá clarificarse de ningún modo esta situación de uso epidémico de las drogas hasta que no reconsideremos con detenimiento la situación presente y examinemos algunas viejas pautas, casi olvidadas, de la experiencia y el comportamiento relacionados con la droga. La importancia de una tarea de esta naturaleza no debe subestimarse. Es patente que la auto administración de sustancias  psicotrópicas, legales e ilegales, será cada vez más, una parte del futuro despliegue de la cultura global.

Desde mediados del siglo XIX, y cada vez con más rapidez y eficacia, la química orgánica ha puesto en manos de los investigadores, médico y por último de cada persona, una avalancha sin límites de drogas sintéticas. Estas drogas son más potentes, más efectivas, de más larga duración y en algunos casos, mucho más adictivas que sus parientes naturales. (Una excepción es la cocaína, que aún tratándose de un producto natural, al refinarse, concentrarse e inyectarse, es especialmente destructiva)

El advenimiento de una cultura de información global ha conducido a la ubicuidad de la información sobre las plantas afrodisiacas, estimulantes, sedantes y psicodélicas descubiertas por seres humanos curiosos en remotas y antes incomunicadas zonas del planeta. Al mismo tiempo que llega a las sociedades occidentales este flujo de información botánica y etnográfica, injertando hábitos de otras culturas en los nuestros y proporcionándonos una gran elección de amplitud desconocida hasta el momento, se han producido grandes avances en la síntesis de moléculas orgánicas complejas y en la comprensión de la maquinaria molecular de los genes y la herencia. Estas nuevas introspecciones y tecnologías han contribuido a crear una cultura muy distinta de ingeniería psicofarmacológica. Drogas de diseño como el MDMA o el éxtasis y los esteroides anabolizantes utilizados por atletas o adolecentes para estimular el desarrollo muscular, son precursores de una época de cada vez más efectiva intervención farmacológica sobre el aspecto que tenemos, nuestras formas de actuar y nuestros modos de sentir.

La idea de regular, a escala planetaria, primero cientos y luego de miles de sustancias sintéticas de fácil producción, y que después son muy buscadas, pero ilegales, horroriza a cualquiera que tenga esperanzas en un futuro más abierto y menos reglamentado.

 

UNA RECUPERACIÓN DE LO ARCAICO

 

Explorar la posibilidad de una recuperación de la arcaica o preindustrial y preliteraria- actitud hacia la comunidad, el uso de las sustancias y la naturaleza; una actitud que sirvió a nuestros ancestros prehistóricos nómadas durante largo tiempo y adecuadamente, antes del advenimiento del estilo cultural actual que llamamos “Occidente”. Lo arcaico hace referencia al Paleolítico Superior, un periodo de hace unos siete o diez mil años que precede a la invención y difusión de la agricultura. La época arcaica fue de pastoreo nómada y compañerismo, una cultura basada en la ganadería, el chamanismo y el culto a la Diosa.

Es patente que no podemos seguir considerando el uso de las drogas del mismo modo de siempre. Como sociedad global, hemos de hallar una nueva imagen que guíe nuestra cultura, que una las aspiraciones de la humanidad, con las necesidades del planeta y los individuos. El análisis del desasosiego existencial que nos impulsa a crea relaciones de dependencia y adicción con las plantas y drogas nos mostrará que, en los albores de la historia, perdimos algo muy valioso, cuya ausencia nos ha hecho enfermar de narcisismo, Únicamente una recuperación del vínculo que creamos con la naturaleza por medio el uso de plantas psicoactivas antes de la caída de la historia, puede abrirnos a la esperanza de un futuro humano abierto y eterno.

Antes de comprometernos de un modo irrevocable con la quimera de una cultura libre de drogas conseguida al precio de echar completamente por la borda los ideales de una sociedad planetaria libre y democrática hemos de hacernos unas preguntas complejas: por qué como especie estamos tan fascinados por los estados alterados de conciencia? Cual ha sido su impacto en su estética y aspiraciones espirituales? Que hemos perdido al negar la legitimidad del impulso individual de la persona a la hora de utilizar sustancias para experimentar personalmente lo trascendental y lo sagrado? Dar respuestas a estas preguntas nos obligará a afrontar las consecuencias de la negación de la dimensión espiritual de la naturaleza y las de considerar a la naturaleza únicamente como un recurso al que esquilmar y saquear. Un planteamiento ponderado de estos temas no será del agrado de los obesos del control, ni de los fundamentalistas religiosos incultos, ni del fascismo de cualquier signo.

La pregunta de cómo nosotros, ya sea como sociedad o en tanto que individuos, nos relacionamos con las plantas psicoactivas en las postrimerías del siglo XX, plantea una cuestión amplia: Como en el transcurso del tiempo, nos hemos visto conformados por las cambiantes alianzas que hemos formado y roto con varios miembros del mundo vegetal a lo largo de nuestra andadura a través del laberinto de la historia?

La leyenda primitiva de nuestra cultura comienza en el Jardín del Edén, en el instante de comer el fruto del árbol del Conocimiento. Si no aprendemos del pasado, esta historia puede acabar con un planeta intoxicado, sus bosques como mero recuerdo, su cohesión biológica rota y nuestro legado de nacimiento convertido en un páramo. Si hemos pasado algo por alto en nuestros anteriores intentos de entender nuestros orígenes y lugar en la naturaleza, ¿estamos ahora en situación de mirar atrás y comprender no solo nuestro pasado, sino también nuestro futuro, de un modo completamente nuevo? Si podemos recuperar el sentido perdido de la naturaleza como misterio vivo, podemos estar seguros de abarcar nuevas perspectivas en la aventura cultural que sin duda tenemos ante nosotros. Tenemos la oportunidad de salir del lóbrego nihilismo histórico que caracteriza el ámbito de nuestra cultura dominante, profundamente patriarcal. Estamos en situación de recuperar la arcaica comprensión de nuestra casi simbiótica relación con las plantas psicoactivas como fuente de introspección y coordinación que fluye del mundo vegetal humano.

El misterio de nuestra conciencia y poderes de autorrefleción está de algún modo vinculado a este canal de comunicación con la invisible mente que los chamanes insisten en decirnos que es el espíritu del mundo vivo de la naturaleza. Para los chamanes y las culturas chámanicas, la exploración de este misterio ha sido siempre una plausible alternativa a la mera existencia en una cultura confiada y materialista. Aquellos que vivimos en las democracias industriales podemos escoger explorar estas dimensiones  desconocidas ahora, o esperar hasta que la galopante destrucción del planeta vivo haga cualquier exploración irrelevante.

 

UN NUEVO MANIFIESTO

 

Ha llegado pues, el momento, en el gran discurso natural que es la historia de las ideas, de reconsiderar realmente nuestra fascinación por el uso habitual de las plantas psicoactivas o fisioactivas. Hemos de aprender de los excesos del pasado, particularmente de los de la década de los sesenta, pero no podemos sencillamente proclamar “Simplemente di no” o tampoco podemos ya decir “Pruébalo si te gusta”. Tampoco podemos sostener un punto de vista que pretende dividir la sociedad en usuarios y no usuarios. Necesitamos un enfoque  comprensivo para estas cuestiones que contienen en su seno las implicaciones evolutivas e históricas más profundas.

La influencia de mutaciones inducidas por la dieta en la humanidad temprana y el efecto de los metabolitos exóticos en la evolución de su neuroquímica y cultura, continúa siendo un territorio inexplorado. La adopción temprana por parte de los homínidos de una dieta omnívora y su descubrimiento del poder de algunas plantas fueron factores decisivos a la hora de desplazar los primeros humanos fuera del flujo de la evolución animal, introduciéndolos en la rápida transformación  del lenguaje y la cultura. Nuestros remotos ancestros descubrieron que ciertas plantas, cuando se auto administraban, suprimían el apetito, aliviaban el dolor, proporcionaban estallidos de energía repentinos, conferían inmunidad contra factores patogénicos o permitían correlacionar actividades cognitivas. Estos descubrimientos nos pusieron en el largo camino de la autoconciencia. Una vez nos convertimos en instrumentos omnívoros, la misma evolución se transformó, de un proceso de lentas modificaciones de nuestra forma física, en una rápida definición de formas culturales mediante la elaboración de ritos, lenguajes, la escritura, habilidades memorísticas y tecnología. Estas grandes transformaciones ocurrieron principalmente como resultado de las sinergias entre los seres humanos y las distintas plantas con las que interactuaron y coevolucionaron. Una valoración honesta del impacto de las plantas en los fundamentos de las instituciones humanas descubrirá que son absolutamente primordiales. En el futuro la aplicación de soluciones inspiradas en la botánica, como el crecimiento cero de la población, la extracción de hidrógeno del agua del mar y los programas intensivos de reciclaje, pueden ayudar a organizar nuestras sociedades y el planeta mediante unas líneas neoarcaicas más holísticas y ambientales conscientes.

La represión de de la fascinación natural humana por los estados alterados de conciencia y la peligrosa situación presente del conjunto de la vida en la Tierra están conectadas de modo causal y estrecho. Cuando suprimimos el acceso al éxtasis chamánico, cerramos las puertas a las enérgicas corrientes de la emoción que fluyen al tener una vinculación profunda y cas simbiótica con la tierra. A consecuencia de ello, los estilos sociales inadaptados que fomentan la superpoblación, el mal uso de los recursos y la intoxicación del entorno se desarrollan y se mantienen por si solos. En lo que se refiere a habituarse a las consecuencias de un comportamiento inadaptado, no existe cultura en la Tierra más narcotizada que el Occidente industrializado. Proseguimos con nuestra habitual actitud comercial en una atmósfera surrealista de crisis galopante y contradicciones irreconciliables.

Como especie hemos de reconocer la profundidad de nuestro dilema histórico. Seguiremos jugando con media baraja mientras sigamos tolerando las orientaciones del gobierno y la ciencia, que presuponen que deben dictar a que lugares puede dirigir y no puede dirigir su atención de un modo legítimo la curiosidad humana. Estas restricciones de la imaginación humana no tienen sentido y son ridículas. El gobierno no solo restringe la investigación sobre las sustancias psicodélicas que puede posiblemente proporcionarnos descubrimientos médicos y psicológicos muy valiosos, son que también se atreve a prevenir su uso espiritual y religioso. La utilización religiosa de las plantas psicodélicas pertenece al ámbito de los derechos civiles; su restricción es la represión de una legítima sensibilidad religiosa. De hecho, no es una sensibilidad religiosa la que se reprime, sino la sensibilidad religiosa, una experiencia de la religio basada en la relación plantas-humanos que existía mucho antes del advenimiento de la historia.

 

No podemos posponer ya por más tiempo una revaluación honesta de los verdaderos costos y beneficios del uso habitual de plantas y drogas frente a los auténticos costos y beneficios de la represión de su uso. Nuestra cultura global se encuentra bajo el peligro de sucumbir en el seno de un esfuerzo orwelliano por solucionar el problema mediante el terrorismo militar y policiaco dirigido a los consumidores de drogas de nuestra población y a los productores de drogas del Tercer Mundo. Esta respuesta de carácter represivo está ampliamente respaldada por un miedo irreflexivo que es producto de la falta de información y de ignorancia histórica.

Lo muy enraizados rasgos culturales explican por qué la mente occidental se muestra de pronto angustiada y represiva al considerar el tema de las drogas. Los cambios en la consciencia inducidos por sustancias revelan de un modo dramático que nuestra vida mental tiene bases físicas. Las drogas psicoactivas hacen peligrar la asunción cristiana de la inviolabilidad y al status ontológico especial del alma. Del mismo modo, desafían la idea moderna de la inviolabilidad del ego y sus estructuras de control. Resumiendo, el encuentro con las plantas psicodélicas pone totalmente en cuestión la visión del mundo de la cultura dominante.

En esta reconsideración de la historia nos encontramos a menudo con este tema del ego y la cultura dominante. De hecho, el terror que experimenta el ego al contemplar la disolución de los límites entre el sí mismo y el mundo no sólo se encuentra tras la represión de los estados alterados de conciencia, sino que, de un modo más amplio expresa la represión de lo femenino, lo extraño y lo exótico, y las experiencias trascendentales. En las épocas prehistóricas pero pos arcaicas, aproximadamente del 5000 al 3000 A.C., la represión de la sociedad fraternal a manos de los invasores patriarcales marca  el momento de la represión de la investigación experimental abierta y sin límites de la naturaleza a cargo de los chamanes. En las sociedades altamente organizadas, esta tradición arcaica fue remplazada por otra basada en el dogma, el sacerdocio, el sistema de patriarcado, la guerra y, finalmente, los valores “científicos y racionales” o dominantes.

 

LA HERENCIA DOMINANTE

 Nuestra cultura auto intoxicada por los venenosos subproductos de la tecnología e ideología egocéntrica, es la infeliz heredera de la actitud dominante que nos dicta que alterar la conciencia mediante el uso de plantas o sustancias es algo malo, onanista y socialmente perverso. Argumentaré que la represión de la gnosis chamanica con su adhesión e insistencia en la disolución extática del ego, nos ha apartado del sentido de la vida y nos ha hecho enemigos del planeta, de nosotros mismos y de nuestros nietos. Estamos destruyendo al planeta con el fin de mantener intacto el equivocado supuesto estilo cultural del ego dominante.

Ha llegado el momento de cambiar.

 

Terence Kemp McKenna (16 de noviembre de 1946 – 3 de abril de 2000), fue un escritor, orador, filósofo, etnobotánico e historiador de arte estadounidense