Con Timothy Leary los psiquedélicos dejaron de ser una curiosidad propia de círculos intelectuales, o una herramienta terapéutica, para adentrarse en el centro de la cultura occidental del siglo XX, y más en concreto, en la revolución contracultural de la década de los 60. Estadounidense y psicólogo de formación, Leary era profesor de la Universidad de Harvard cuando cayó en sus manos el artículo que R.G. Wasson publicó en la revista Life, acerca de su experiencia con los hongos mágicos en México. Considerando que su camino de investigación en el campo de la psicología se encontraba estancado, Leary decidió emprender por su cuenta un viaje a México en busca de la experiencia con los hongos; y dio con ella. Allí, mientras los efectos de los hongos se desplegaban, Leary comprendió lo que a la cultura occidental le faltaba, y de paso, también comprendió lo que a la cultura académica le sobraba: especulación, abstracción y falta de participación en el proceso de la vida.

   Al volver a su lugar de trabajo en la universidad, Leary emprendió un programa de investigación con la psilocibina en el que participaron tanto artistas como profesores y alumnos de la universidad. Ésta subida de adrenalina -en cuanto a entusiasmo y vitalidad- no tardó en topar con la mirada suspicaz de los gestores de esa seria y respetable universidad. Como Leary mismo comentó años más tarde, los padres de los alumnos no enviaron a sus hijos a Harward para que dejaran allí su maleta y emprendieran un viaje a la India, en busca de un gurú y del conocimiento de la transcendencia, sino para que salieran de allí, al cabo de unos años, con una base académica para incorporarse al mundo laboral –principalmente en la gestión de empresas-. Así, al cabo de dos años, a Leary y sus allegados no se les renovó el contrato docente, sin que a estos les importara demasiado el acontecimiento. En realidad, a quien importó, al menos unos años más tarde, fue a la propia Administración Norteamericana. Leary, sin solución de continuidad, prosiguió sus investigaciones fuera de la Universidad, primero en México y luego en una lujosa finca: Millbrook.

   Todo entraba aun dentro de los límites de lo que la sociedad bienpensante podía tolerar, hasta que Leary se topó con uno de los personajes más enigmáticos y entusiastas de la escena psiquedélica: Al Hubbard. Hubbard proporcionó la primera experiencia con LSD a Leary, un acontecimiento de intensidad inesperada que sacó a Leary de órbita, apartándolo definitivamente de todo estudio formal y académico. Tim quedó más que convencido que hacía falta hacer algo, que la sociedad occidental se encontraba en quiebra espiritual, en un camino materialista sin salida, y que todo intento para llevar la situación adelante valía la pena.

   Sin planes ni rutas establecidas, un nuevo personaje entró en la vida –o quizás el cerebro- de nuestro héroe, a punto de convertirle en Mesías o gurú de los psiquedélicos. Se trata de Alan Ginsberg, un poeta de la generación beat que tras probar la LSD con Leary se convenció que esta herramienta era la mejor medicina para acabar con todas y cada una de las guerras, e instaurar una nueva época de paz y amor fraternal –e incluso mundial-. Leary dudó, pero al final se dejó convencer. Probaría ese camino, y de ello pasó a su vocación mesiánica, a ser casi un propagandista de la LSD, creando el famoso Turn on, tune in, drop out (entra en ello, afina la sintonía, deja de jugar su juego). Por si esto no fuese poco, Leary comprendió intuitivamente que las mentes de las personas maduras, ya acostumbradas a una forma de vida, no prestarían mucha atención a su mandala visionario, por lo que decidió lanzar su buenanueva a los estamentos más jóvenes de la sociedad: jóvenes, artistas, profesionales liberales y universitarios. Entroncando ya de lleno en el movimiento hippy, con los Grateful Dead y la producción clandestina de LSD de forma masiva, la situación tomó tal velocidad que no podía tardar el momento en que la Administración probara de tomar cartas en el asunto. Estas cartas llevaron a Leary de un centro penitenciario a otro, hasta que lograron que bajara un poco de revoluciones…

   En cierta manera Leary, además de granjearse fama de ser el responsable de la persecución de la LSD y otros psiquedélicos, puede considerarse uno de los personajes que orquestó la revolución psiquedélica y el movimiento hippy, un acontecer que pasará a la memoria de la historia por más prohibiciones que pesen sobre todo ello.🙂